3 min.

Artículo de opinión de Jacobo Maleriro

He escuchado a dos mujeres que hablaban en un portal y el tema era el virus. Al mismo tiempo, por esa misma acera iba acercándose un joven que charlaba por teléfono. Al llegar a mi altura, he escuchado la frase “él también esta contagiado con el virus, madre”.

He descendido por esa misma calle para limpiarme un poco del ambiente pero ha sido imposible. El quiosco se aparecía ante mí mostrándome sin vergüenza en sus contraventanas, como un exhibicionista abre su gabardina, todas sus escandalosas grandezas: las portadas de todos los medios con la palabra de moda en grande, destacada, causando más temor, caos y depresión.

En ese punto he pensado que el problema no es el virus ni el contagio, no es la pandemia, ni tan solo los muertos que ha creado. El virus real es esta sociedad empecinada en vivir de lo malo, de lo trágico, de aquello que causa dolor y remueve las entrañas e inquieta al alma. Hemos aprendido a vivir necesitando negatividad, rechazando la belleza y lo sublime que hay en ella. Nos hemos acostumbrado a hablar en pasado y de nuestros difuntos, del presente futuro en su versión más negra y lastimera.

Somos incapaces de pensar en la otra parte de la vida, esa que es luz y color, empatía y cercanía, sonrisa y emocionalidad. Solo reaccionamos si no pensamos en nada bueno, porqué nos hemos cerrado los poros y en nuestra piel no transpiran olores a flores del campo que vemos pasar de largo mientras conducimos de regreso a la ciudad. No nos llega la esencia de los muñecos que hicimos con plastilina en la escuela donde jugabamos años atrás, ni la fragancia del guiso de carne de aquellas ollas que cocinaban las abuelas que se nos han muerto; tampoco el bálsamo del agua de aquel mar donde nos divertíamos los domingos, recien levantados, con toda la familia.

Hemos perdido, también, el buqué de aquellos perfumes de nuestros primeros amores jamás declarados, los efluvios de los recuerdos de la vida que nos fue agradable hasta el día que la sociedad nos arrastró hacia el fondo de esta ciénaga del dolor donde nos han puesto aquellos que ahora nos encierran en nombre del virus para jugar con el planeta a sus anchas, con nocturnidad y alevosía.

Hay una escena de la película Lawrence de Arabia. Aquella donde el Príncipe Feysal (Alec Guinness) le pregunta a Lawrence (Peter O’Toole) como un hombre rico y de la gran ciudad, acostumbrado a vivir en enormes palacios y con todos los lujos, decide quedarse allí en pleno desierto, en esos momentos y pudiendo marchar.

  • El desierto siempre se ve limpio. Responde Lawrence.

Quizás nuestra sociedad necesita experimentar una sensación similar, abandonarse al momento y empezar de cero, lejos de lo que ya tuvo y que le llevó al momento actual. Al fin y al cabo, siempre es mejor vivir libre en un espacio limpio y humilde que seguir sometidos en una situación donde se nos encierra, se nos roba y se nos miente. Los únicos que podemos romper el sistema, crear ese desierto particular, somos nosotros. Lástima que, como siempre, la frase sea solo del cine y este artículo tenga forma de utopía.