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Article d’opinió de Jacobo Maleriro

Mohamed Bouazizi era un joven vendedor ambulante tunecino a quien el gobierno le confiscó sus bienes (la carreta, la báscula y sus productos) por no tener un permiso para ese negocio. Miembros del propio gobierno habían declarado días antes que no era necesario ningún documento para vender con una carreta. Mohamed fue a exponer el problema y a pedir que le devolviesen sus pertenencias, pero la policía le agredió y le escupió sometiéndolo en el suelo.

El joven, de 27 años, salió humillado de allí. Poco después, consiguió un bote de pintura inflamable en una gasolinera cercana y, una hora después del altercado con la policía, gritó en medio de una plaza: ¿Cómo quieren que me gane la vida?

Y con una cerilla, prendió fuego a su cuerpo embadurnado del líquido combustible.

Il·lustració de Freya Day

Mohamed, y su muerte tres semanas después en el hospital, empezaron a incendiar la futura Primavera Árabe que llegó meses después. Antes fue la protesta de más de 50.000 personas en el funeral del joven vendedor, antes se visibilizó la sed de venganza de todas aquellas persones que se sentían humilladas y explotadas, antes de eso fue la respuesta del gobierno de Túnez que lanzó a las calles a su ejército para combatir contra los protestantes. Y a raíz de esas protestas que no se pudieron detener, por qué no se puede para a la marabunta social cuando ésta cree en su causa y tiene la razón a favor, llegó la salida del poder del dictador y presidente Ben Ali, quien tuvo que huir con su familia hasta Arabia Saudí, único país que les abrió las puertas.

El cambio de transición de Túnez hizo estallar la primavera árabe. El pueblo se unió también en Egipto donde el presidente Hosni Mubarak dimitió dejando atrás una represión de muchas semanas que se cobró más de 800 muertos. El efecto dominó llevó la guerra a países como Libia, donde se capturó y ejecutó a Moamar Gadafi; y a Libia donde Bachar al Asad tuvo más suerte consiguiendo internacionalizar un conflicto que aún sigue activo. Los efectos de esa primavera diferente, con olor a sangre y pólvora, dolor y muerte, pero también victoria y justicia, provocaron que decenas de miles de yemaníes protestasen pidiendo la dimisión de su presidente; motivaron presiones sociales en el gobierno de Baréin y pusieron contra las cuerdas a todos esos poderes opacos, opresores y desalmados que han subsistido todos estos siglos a base de explotar a la clase baja que está en amplia mayoría.

Otra imagen que jamás olvidaremos fue la de la gran participación de las mujeres en esas revoluciones que sorprendieron a todos los que creían que adoptarían una postura más prudente. Su presencia en las protestas demostró la magnitud del rechazo popular y contribuyó a la rápida caída de varios regímenes opresores.

Los jóvenes, cansados de la autocracia, la corrupción y el cohecho, no tenían otra opción. Las mujeres decidieron dejar de ser víctimas para convertirse en líderes que inspiraban a los demás. Ellos y ellas hicieron que la Primavera Árabe tuviera lugar realmente.

Diez años después de esa eclosión social que parece haber cambiado pocas cosas pero que ha puesto ante los ojos del mundo la realidad de una parte de nuestro planeta que ignorábamos, debemos preguntarnos de qué sirvió toda la lucha. ¿Valió la pena esa fatídica tarde del 17 de diciembre de 2010 en la que Mohamed decidió acabar con todo sabiendo que no tenía nada que perder?  ¿Cuántas muertes más deben sucederse en esos países para que se humanicen y no sean núcleos feudales que solo defienden ciertas naciones occidentales cuando hay por el medio petróleo u otras materias valiosas por controlar? ¿Cuándo estarán las mujeres reconocidas como iguales ante la ley en esas naciones árabes y no solo en los países democráticos que garanticen los derechos y libertades de todos los ciudadanos?

La Primavera Árabe fue el despertar de la dignidad, la caída del “muro del miedo”. Pero ahora, una década después, con el silencio de los últimos años y las guerras todavía abiertas en algunos de esos países, duele ver que los sueños que encendieron esa época llena de esperanzas han sido sepultados por nuevas dictaduras. Se sabe que otro sistema político es posible, pero no está ni se le espera.

Gracias Mohamed por ese gesto que te apagó la vida pero encendió la de todos los que creyeron en ti y se convencieron que la lucha se podía ganar. Soñar también es gratis para los pobres en los países árabes.