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Artículo de opinión de Martín Garrido Melero

Un libro de Oraciones que esconde un tratado de Alquimia, un libro sobre el ajedrez que simboliza la sociedad medieval, un buscador de máscaras y otro de setas, unos mapas de un mundo desaparecido… Estos son los libros de la “Librería Rara”. Pero empecemos desde el principio.

La colección de la “Librería Rara” os va a sorprender mucho por diversos motivos que descubriréis en este artículo y en el próximo que publicaremos en pocos días.

Los editores de la editorial Gil de Siloé, especializada en la reproducción rigurosa y limitada de obras únicas, abrieron en Burgos hace unos años un museo dedicado a la historia del libro a través de la exhibición de obras procedentes de su fondo editorial y de otros editores. La relación de este Museo y el Forn del Senyor en Altafulla ha sido constante a lo largo de estos años gracias fundamentalmente a Pablo Molinero, coeditor, a quien conocí hace más de treinta y cinco años. Gracias a esta relación, dos de las obras cumbres de la editorial han sido presentadas en Altafulla (el Beato de Ginebra, que fue uno de los descubrimientos bibliográficos más importantes de este siglo, y el misterioso Código Voynich, del que ha hemos hablado en otro lugar). El museo del libro de Burgos fue cerrado durante un tiempo, luego vuelto a abrir para ser cerrado una vez más como consecuencia de la pandemia. Finalmente parece que está buscando otro lugar emblemático para su apertura (la villa de Covarrubias).

A principios de la década anterior Gil de Siloé editó una colección muy especial que lleva por título “Librería Rara”. Y en efecto lo es. La colección no es muy conocida ni siquiera por el público especializado, pero es de un alto valor. Además, las monografías que acompañan a los libros son igualmente de una alta calidad científica. La colección se encuentra en el Forn del Senyor.

Han seleccionado cinco libros muy distintos tanto en su temática como en su forma y procedencia para mostrarnos un universo cerrado y misterioso.

A principios del siglo XVIII un oscuro personaje recorre los montes de su ciudad en busca de setas. Investiga, las clasifica, y edita un bellísimo ejemplar con sus trabajos, que se da por perdido a su muerte. La editorial rescata este libro e intenta averiguar quién era su autor a través de una simple nota necrológica.

Un siglo antes, un italiano, mezcla de arqueólogo y de guía turístico para las familias adineradas, recorre Italia en busca de máscaras de los actores clásicos que reproduce en un libro, en donde muchas veces se vuelve al pasado en busca del personaje que se ocultaba tras la máscara.

Otro siglo antes, en el siglo XVI, un teólogo y profesor alemán escribe un aparente libro de viajes para ir a Tierra Santa. Algunos de las miniaturas ideadas e incorporadas al libro expresan el simbolismo de una época que ya había cambiado con el descubrimiento de América y en la que Jerusalén había dejado de ser el centro del mundo.

En la misma época se escribe un libro que es aparentemente un Devocionario (un libro para leer oraciones según las circunstancias), pero que en realidad es un libro que conecta con la Alquimia y la Tabla Esmeraldina que un personaje mítico (Trismegisto) descubrió en una gruta después del Diluvio.

En el siglo XV, en la corte de Praga de Segismundo uno de sus miembros encarga un libro sobre el ajedrez. Pero en realidad, lo que se trata es recoger el sermón de un dominico italiano (extractado por un embajador de Venecia) sobre las virtudes que ha de alcanzar el cristiano, sirviéndose del ajedrez (de sus piezas y de los movimientos de las mismas) para ver la configuración social de la época.

De esos cinco libros citados, en este primer artículo, que tendrá su continuidad con un segundo, hablamos de tres de ellos.

  1. EL LIBRO DE SETAS.

Es una pieza botánica de gran valor por su rara belleza. Son 600 páginas dedicadas a las setas con dibujos esbozados a lápiz y retocados con tinta china, lápices de colores y acuarelas.

Imagen del “Libro de las setas”.

La investigadora María Teresa Tellería indica en los comentarios al libro que “el aspecto más atractivo y a la vez más frustrante a la hora de abordar este estudio fue la falta de datos disponibles”. El libro no lleva ningún título y únicamente en la primera página escrito a lápiz se lee “R. Wilson”, pero no hay ninguna fecha, ningún dato que permita contextualizar la obra, salvo algunas referencias a autores que habían escrito en el siglo XVIII sobre botánica y que son conocidos (Withering, Sowerby, Berkenhout, Curtis).

Después de una investigación detectivesca la investigadora Tellería descubre una nota anónima (1836) en un obituario que da cuenta de la muerte de un desconocido botánico Robert Wilson. No sabemos ni la fecha ni el lugar exacto de su nacimiento y muerte. Un hombre prácticamente desconocido, grabador y relojero, con un amplio conocimiento de la botánica y que gustaba de recorrer los alrededores de su pueblo en busca de ejemplares. En el obituario se describen las posesiones más valiosas en el momento de su muerte (una de ellas, “un libro que contiene una amplia colección de dibujos coloreados de hongos con varias clases nuevas”), las cuales pasan por las manos de dos reverendos hasta que llegan a unas ancianas que al no dar valor al legado acaban destruyéndolo. Sin embargo, afortunadamente el libro de setas se salvó y es la prueba de la existencia de un anónimo y desconocido botánico.

La investigación ha llevado a datar el libro en 1805.

  1. EL LIBRO DE LAS MÁSCARAS.

Y así, al coleccionar antigüedades-en la medida que me lo permitían mis escasos recursos-, me di cuenta de que muchas de ellas representan máscaras teatrales y personajes de la comedia, tanto en camafeos como en gemas incisas o en cualquier otro tipo de soporte..a lo largo de un buen número de años he logrado obtener cuatrocientas de ellas junto con unas cuantas inscripciones funerarias referidas a gentes del mundo de la comedia”. Así escribe Francesco Ficoroni (1664-1747) en su libro “De larvis scenicis et figuris commicis antiquorum romanorum“ (Disertación sobre las máscaras teatrales y las figuras de comedia de los antiguos romanos“ (Roma, 1754),

De Ficoroni, escribe la profesora Elena E. Marcello, es un apasionado estudioso de la arqueología romana que reúne los defectos y las cualidades del investigador, del comerciante anticuario, del intermediario, del conservador y también de guía para los ricos turistas de la época. Una persona que vive en Roma en la primera mitad del siglo XVIII en que se empiezan a buscar los tesoros ocultos que esconde la ciudad y que empieza a convertirse en el lugar al que hay que viajar para formarse intelectualmente.

En el libro con numerosos dibujos se da cuenta de las diferentes máscaras, de su procedencia y a veces de su destino, así como de su historia, relacionando costumbres de la Antigüedad clásica con las representaciones italianas ligadas a la Comedia dell´Arte.

Ficoroni investiga sobre el origen de las máscaras que une al origen de la comedia y de la tragedia y sobre la voz persona que designa a lo que cubre el rostro y la cabeza. Advierte que en Roma, a diferencia de Grecia, el uso de la máscara no se impuso en el principio, siendo Roscio Galo el primero que lo hizo “dado que padecía estrabismo y no era muy agraciado, solo hacía enmascarado, papeles de parásito“. Sin embargo, en Grecia el uso de la máscara se inicia con el mismo teatro, en principio romerías de gente del campo que cubrían su rostro con cortezas de árbol y teñían sus caras con heces de vino; y cuya diversión coincidía con la época en que terminaba la vendimia como acción de gracia a Baco, al que atribuían la abundancia del vino que iban a obtener.

Las máscaras dibujadas de Ficoroni pueden encontrarse en cualquier sitio, en bajorrelieves, dentro de columbarios, en monedas (“por cincuenta escudos y gracias al erudito caballero David María de Massanes me hice en los alrededores de Nápoles con una cabeza de Augusto gravada en una amatista violácea que sirvió de anillo de sello”, escribe en la Lamina IV sobre cómo se hizo con la máscara que aparecía en la moneda). Algunas máscaras se encuentran en sarcófagos, ya en el frontal como en las esquinas; otras en mascarones que los antiguos emplearon para adornar las fachadas de las sus casas y los caños de las fuentes (como en la Lámina XXXIX).

El autor se pregunta si las máscaras que aparecen en los cementerios se deben a que estaban enterrados en ellos comediantes (como en la Lámina XI) o, por el contrario, a que en las procesiones fúnebres debían utilizarse máscaras. En la explicación de la Lámina XXXIII señala que los antiguos, al llevar a cabo los funerales de los difuntos, acudían a una compañía de mimos para que bailaran, mientras que el que estaba al frente de ella, el “archimimo” iba imitando los hechos y dichos del difunto.

La profesora Marcello inicia su estudio señalando que “hay libros que hacen viajar en el tiempo”. El de Ficoroni pertenece a esta categoría porque ofrece al lector moderno la oportunidad de aproximarse al siglo XVIII y percibir las pulsiones innovadoras, a veces contrapuestas, que viven el autor y su tiempo.

 

III. EL VIAJE A TIERRA SANTA DE HEINRICH BÜNTING.

En el año 1581 un profesor de teología alemán escribe un libro de viajes para el lector cristiano que quiere viajar a Tierra Santa (Itirenanium sacrae scripturae). Del libro se hicieron más de sesenta ediciones hasta el siglo XVIII, fue traducido del alemán al latín, holandés, danés, sueco, checo e inglés, convirtiéndose en un clásico. Contiene varios mapas. Merece la pena que nos detengamos en tres de ellos, que tienen un alto contenido simbólico.

El primero es un trébol de tres hojas, cada una de las cuales representa uno de los tres continentes clásicos (Europa, Asia y Africa), unidos por un círculo en donde se encuentra la ciudad de Jerusalén y está dibujado el Gólgota. Corresponde claramente a una visión tradicional geográfica-simbólica tipo OT, en la que mundo se sitúa dentro de un círculo, teniendo en su parte central dibujado el mar Mediterráneo y apareciendo siempre Jerusalén como el centro de todos los centros. Está visión aparece claramente en las Etimologías de Isidoro de Sevilla que siguen los Beatos medievales. Sin embargo, el universo de Búnting no corresponde ya al pensamiento medieval, se ha descubierto América y no ha habido más remedio que admitir que la división del mundo en tres continentes que mantenía la Biblia era inexacta. De hecho, nuestro autor coloca en un extremo, casi oculto, un trozo de terreno que denomina América.

El segundo de los mapas es una representación de Europa, representada por una figura femenina. El geógrafo Ortega Valcárcel señala que Bünting no es original en la creación de este símbolo. Antes que Bünting, Opicinius de Canistris en el siglo XIV había ideado Europa como una mujer; Push la había visto como una reina cuya cabeza directora era Hispania; y finalmente el geográfo Sebastian Münster en 1543 la concibe como una reina y mujer, con el cetro en la mano izquierda, el orbe coronado con una cruz que se corresponde con Sicilia, y con la cabeza que es Hispania.

Esta imagen es la que sigue Bünting, y es la que ha pasado al l gran público. En efecto, en el dibujo de Europa, la cabeza de la mujer es una corona en la que aparece el nombre de Hispania llevando en su mano derecha el cetro con una cruz (Sicilia). Otros detalles son curiosos: el cuello son los Pirineos, el corazón es Bohemia, el pecho está cruzado por una cordillera (los Alpes) y por un río (El Rhin) a manera de collar, el cuerpo corresponde a Germania, una gran línea cruza la mujer desde el pecho hasta los pies (el rio Danubio claramente representado). En el extremo contrario a Hispania aparecen Rusia, Moscovia, Livonia, Valachia, Bulgaria y Grecia con la ciudad de Constantinopla y el río Tanais de la Antigüedad (el Don).

El tercero de los mapas, igualmente simbólico, representa a Asia en forma de Pegaso. Ortega señala que “Como Belerofonte, con la ayuda de Pegaso, aniquiló al monstruo con cabeza y pecho de león, cuerpo de cabra y cola de dragón, la Quimera mitológica, Jesús Cristo hizo con el dragón diabólico, con el Diablo. Y Asia es el continente en que ocurrió esta acción salvadora”.

Las alas del caballo son Tartaria y Scithia, las patas traseras representan a las diversas partes de la India, la cola es China con la ciudad del gran Khan, la albarda recoge entre otras las tierras de Persia, Media y Partia, el pecho del caballo son los lugares de Tierra Santa, las patas delanteras están reservadas para Arabia y finalmente la cabeza corresponde a Asia Menor, Armenia y Cilicia.

(continuará…)