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Article d’opinió de Marianella Yanes Oliveros

Justo a las seis de la mañana el sonido del motor de ese coche que jamás he visto me despierta. Desde la avenida principal, en estas mañanas de entrada de marzo, ruge con la prisa y el humito frío desprendiéndose de su realidad de chatarra en combustión.  Lo escucho ya en tercera, disminuyendo la velocidad, subiendo por la calle cotidiana para cruzar justo en la cuadra de mi casa hacia quién sabe dónde.

Como un segundo aviso, la puerta de seguridad de La Violeta se vuelca golpeando el comienzo del día, anunciando el horario convenido entre la realidad y la somnolencia. Después Brando, más tarde Bobby, quizás Janko en la callada parsimonia del viejo amigo fiel.

Las conversaciones acompañan la prisa del desayuno. Las voces lejanas de niños que me cuentan que es la hora de la escuela. También desde temprano, las campanas hablan de las horas y quizás de alguien que ha muerto, de alguna fiesta o aniversario, en este pueblo colgado frente al mar.

¿Cómo esperar, entonces, que los poderes universales detendrían el ritmo de esta historia, para convertirla en una nueva era?  Altafulla, en estos meses huele a barbacoa y a hojas de cebolleta, a abono que trae el viento desde otras comarcas, a gente que va y viene desde otras geografías. En estos meses huele a la esperanza de un verano próximo. A mar plano y viento frío. Pero todo ha quedado detenido, para ser testigo del miedo y el silencio. La muerte espanta hoy el paso del tren, porque hay un fantasma que alarga sus llegadas. ¿Cómo decirle a la paloma que hoy no podrá buscar las migas de pan en el lugar acostumbrado? ¿Y, a los peces y tortugas de la riera? ¿Cómo le contamos que no recibirá nuestra contemplación, no porque se hizo tarde, sino porque detrás camina la parca y no queremos encontrarla?  Quizás, ya están celebrando la ausencia de nuestra especie, porque se ha descubierto inesperadamente que no hacemos falta para nada. Hoy, tan solo es en nuestras memorias, una fotografía estática. Las casas y el verde poderoso estallando en luz robada al sol irrefutable, pero sin lo cotidiano. No huele a nada. No canta el niño. No sube Rosa desde la calle riendo y alegrando los pasos hasta el Ayuntamiento.  María no levanta su barbilla en signo de saludos. El estanco no riega su bullicio por la cuadra. La puerta del vecino no se cierra como de costumbre y Carlos no descansa su cuerpo en el banco de la plaza.  El jueves a las ocho no ensaya el coro y no escucho las despedidas de sus cantores a las diez. No hay fiesta el sábado y al domingo se le roba su silencio de descanso.

Ya, un mes después, escuchamos el generoso redoble de tambores.  Nos prueba nuestra rebeldía y ganas de la vida. Desde los balcones podemos contarnos algunas cuitas, todos hastiados del encierro. Seguro amanecerán otros tiempos.  Pero, éste, será inolvidable.