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Article d’opinió de Marianella Yanes Oliveros

El teatro es un arte universal que no acepta ni localismos, ni chovinismos, ni un único idioma.  Es la diversidad misma de las lenguas y no excluye a ningún espectador. Detesta el encierro.  La mirada geográfica del mundo, las nacionalidades y los localismos. Busca siempre la expansión de las ideas y las nuevas propuestas.  Por eso es mágico, por eso es radical, por eso siempre debe estar en movimiento. En el teatro no cabe burocracias, ni mandatos, ni gobiernos. Por eso las tendencias se repudian en su universo, el tentador mundo del pensamiento es su guía. Por eso no es pedagógico, sino la alteración misma del orden impuesto. Mueve y remueve y se auto regula, se auto recrea. Por eso es lúdico. Es un hecho colectivo, donde cada elemento fuera y dentro del espectáculo es crucial.  Es rebelión y sosiego, descanso y recreo, palabra y silencio.  Un acto dialéctico que origina la reflexión inequívoca de cada asistente a su festín.

En Catalunya, Ubu roi es representada por primera vez en 1964, a puerta cerrada, en el marco de la Escola d’art dramàtic Adrià Gual. Esta es una foto del momento.

Cuando Peter Brook puso en escena Ubú Rey, la célebre obra de Alfred Jarry, sabía que tenía que inventarse la multiculturalidad. Miramos un espectáculo multilingüe que despertó el furor y la conciencia de quienes estábamos ese día en el Teatro.  Pudimos alterar el tiempo y paralizar el evento para que por su propia voluntad salieran de la platea políticos corruptos que querían ver lo que Brook hacía del célebre personaje; sin imaginarse que justo ellos, los políticos y sus prácticas, eran los Ubú que Brook vestía en el escenario. No lo soportaron, marcharon tras el abucheo y los vítores rabiosos del público.  En ese momento, el espectáculo éramos nosotros y nosotras, en muchos idiomas. En ese momento, éramos también pensamiento y alma, y nos pudimos entender, nos pudimos conectar desde la única lengua verdadera, la creatividad y el pacto indisoluble entre espectador y espectáculo.

Cuando tuve el privilegio de actuar en la obra del colombiano, Esteban Navajas Cortez, “La agonía del difunto”, un texto que habla de cómo una comunidad organizada de campesinos, da la vuelta a sus desventajas e infortunios, para hacerla fuerza contra quienes los había explotado desde la colonia, viví en carne propia el levantamiento de jornaleros de la caña de azúcar, animados por el desenlace de la obra.  En la calle estaban los Benignos, las Otilias, personajes muy bien construidos por Esteban, protestando por sus pagas.  Era teatro de agitación y funcionaba, porque se construía a partir de una premisa indispensable, la verdad que unía a actores y espectadores. Lazo de conciencia atravesando la convención teatral, para convertirla en realidad.

¿De qué forma entonces creemos que podemos entender el teatro desde la pantalla de un ordenador?  ¿O, en la breve reacción de un público, micro habitando un espacio que no se hace perpetuo en la memoria, porque pasa con la rapidez con la que solo alcanzas a darle un like, para que llegue otro y otro micro y otro más? Jamás se podrá sustituir su idioma de tinglado rodeado de personas, de carromato arrastrando trovadores y juglares. De plazas y plateas con máscaras y cuerpos sudorosos.  Nunca dejaremos de esperar que se abra el telón para decirnos: ¡Qué viva el teatro!, Aquí está. Esta es su carne.