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En la pantalla de la TV el tiempo está detenido. Las copas pasan desde la barra y producen ese sonido de soprano en la ópera. De pronto, la dinámica cambia. Lo cotidiano se detiene y las miradas se concentran en un hombre alto, quién a pesar de sus rodillas dobladas y su encorvada espalda, conserva la altivez y la guapura de sus mejores años. Descansa su peso sobre el bastón, porque la edad y la bohemia han hecho estragos en sus huesos. Se le siente un halo enigmático e interesante, un hombre que se dio de frente y golpeó duro a la vida, no cabe dudas, mirándola como un espacio de tránsito cuyos recuerdos ya se quedan suspendidos a los antojos de un flash back en la conciencia, esa que ya se queda sin la memoria. Mira hacia la mesa donde estoy y me intimida el profundo azul de sus ojos.

John en El Corral

Magdalena avanza hasta la mesa, la misma, la de siempre, la seleccionada para la estadía de ese John que va entregándose al vino blanco, mientras el control remoto pasa los canales de televisión a velocidad táctil, hasta que aparece el canal de los westerns. John Wayne acomoda su sombrero después de subir al caballo. Los ojos del televidente sonríen ante alguna maroma acartonada del vaquero, quien saca su revólver para dispararlo al enmascarado que arrastra a la protagonista por la tierra californiana. La mujer, asida a las piernas de Wayne, agradece el milagro de su salvación y lo besa en una escena romántica de los años 60. Esta historia pudo repetirse por muchos años. Yo soy un testigo tardío. Apenas ahora atino a entender la importancia de John en estos trayectos vespertinos. Pero hoy la silla de La Violeta ya no lo espera, en El Corral su banqueta está sin cuerpo y resiento el deseo de haber sabido más, quizás porque es un personaje que yo hubiese escrito y re-escrito muchas veces en alguno de esos cuentos de caminos.

Lizzie, la hija de John, durante nuestra conversación.

Su hija Lizzie vivió el proceso del olvido y cuenta que no fue pasión por los western lo que hizo que John prefiriera el Canal 13 como único y mejor compañero de su inmemoria, sino el daño de su televisor y su mando a distancia y la negativa de adquirir otro, “el mando se había averiado en ese canal y así se quedó para siempre”, lo que hace suponer que mil veces, durante muchos años, John se quedó perplejo ante las hazañas de los indios y vaqueros en los chromatic´s de los desiertos del oeste americano.

¿Por qué Altafulla? Pregunto a Lizzie en la entrada del bar donde John pasó su vida.

Dio la casualidad de que había acabado la universidad. Decidió venir a Europa y el primer sitio a donde fue, es Inglaterra. Llegó a Londres. Pero ahí no aguantó ni seis meses. Su mejor amigo era griego y su objetivo era pasar tiempo en Grecia.

Había estudiado en Canadá y Nueva York. Mis bisabuelos eran inmigrantes británicos que habían llegado a Argentina, a hacer las vías del tren en el interior. Allí nació mi abuelo que a los nueve años lo envían al internado en Inglaterra. Y con John pasó lo mismo, era como una tradición. Pero John lo enviaron a Canadá, porque mi abuela era canadiense. Después de estudiar mi abuelo regresa a Argentina y allí se quedó. Se encontró con mi abuela y nació John en Argentina. Finalmente, mi abuelo terminó trabajando para General Foods, cuya base era en Venezuela y acabó siendo presidente de la compañía y, en Venezuela, nació mi tío. Por esto, John vivió en muchos lugares, incluso en Cuba.

Recordé el grandioso edificio donde se filmó Fresa y Chocolate. Insospechable un paladar así en este momento de La Habana. La Guarida. Está en su último piso. Elegante, para aquella Cuba venida a menos por el bloqueo y la pobreza. Un lugar pleno de fotos de la vida social del lugar. Reinas, mises, políticos y políticas, deportistas, cantantes, artistas importantes, reconocidos, del mundo que visitan este lugar, alumbrado en tenue discreción, lo que no permite detallar pronto los rostros que asisten a ese espacio tan particular. Imaginé a John allí. Quizás por eso de la curiosidad que siempre sentía en su mirada.

John el día de su graduación

 -¿Qué estudió John en Canadá?

Literatura.

 ¿Y escribía?

¡No no no! No llegó a escribir. Es una cosa que debió haber hecho hace “sopotocientos” años, pero no. No hizo nada con su diploma, no fue ni profesor de literatura. Se va a Grecia y allí está un año enseñando inglés. Su idea era recorrer Europa y llegó a España y la recorrió toda, hasta que aterrizó en Altafulla…

¿Por casualidad?

Por pura casualidad…

Folleto publicitario del Bond Beach Club

Y, la carcajada cunde en ese hermoso recodo de El Corral. Lizzie se siente franca, directa y no hay dramatismo cuando habla de sus padres, es como si quedara lo triste reservado en su interior.

Aterrizó en el Bond Beach, Club (BBC). Y lo rehicieron y mantuvieron, con otro inglés que había ahí en ese momento.

¿En qué año fue esto?

Él llega a Altafulla en el sesenta y seis. Se instala allí, en el Bond Beach, porque originalmente esas eran todas casas de alquiler solamente para extranjeros, alemanes, holandeses, ingleses. Después se vendieron, aunque la piscina y el bar siguen iguales. También al final de las casas había un restaurante. Un buede John, a raíz de su muerte, me envía un díptico de lo que era este lugar y, con este panfleto y el boca a boca como comenzaron a traer gente de Europa, este espacio se hace popular. A John le va fantástico entonces, mucha juerga, mucho extranjero. Los hombres del pueblo, por ejemplo, los que eran más abiertos, iban al Bond Beach a escondidas. A tomarse una cerveza, a mirar a las mujeres extranjeras… y esto permitió que hubiese un poco de vínculo con el pueblo.

John bromeando con un porrón.

¿Tú naciste aquí?

Sí. Cuando yo nací en el setenta y uno, aquí todavía pasaban las ovejas, pasaban por todo el pueblo. Había tres corrales dentro del pueblo. Todas estas calles todavía eran de tierra. Las escaleras que suben hacia el castillo eran todas de piedra, porque este pueblo todo está construido sobre rocas. En esa época eran cuatro gatos en el pueblo y, entonces, John, Jill, que había venido de Australia, y el Bond Beach era una excentricidad. Jill al principio la pasó un poco mal, porque ella era muy bonita e iba a las tiendas a comprar y llevaba faldas cortas, pantalones cortísimos, iba sexy y las mujeres con esto al principio eran muy susceptibles. Pero un día, mi madre lo que sí hizo un día es que con un amigo suyo que si hablaba bien el castellano, porque su español no era muy bueno, es que se fue con él a la encarna, que era una carnicería que había aquí abajo, y les dijo a las mujeres: “Yo no soy ninguna prostituta, yo he venido a vivir aquí y me gustaría que me aceptaran como una mujer del pueblo, porque me encanta este pueblo y quiero vivir aquí”. Y como vieron que ella se esforzó y habló, pues entró y pudo tener más relación con la gente del pueblo. Pero al principio las pasó bastante mal. Luego, comenzaron los problemas con el Bond Beach y es cuando John compra “El Corral”.

Y, ¿qué era es

Antes, esto era un corral de ovejas. Lo que había era un hueco. Esta casa no existía. La construyó él con la ayuda del pueblo. Su casa, los pisos de alquiler. Él compró esta propiedad y además donde está las Bruixes, El pozo también era suyo y el reconstruyó esto como un negocio, eso era lo que hacía. También tenía una casa grande abajo, donde también él hizo las obras. Trabajó duro, pero también disfrutó el producto de su trabajo.

Imagen, de hace unos años, del restaurante El Corral.

Me sorprendo ante la naturalidad con la que habla Lizzie de su padre, de su familia.

Mi padre era alcohólico. A mi madre le dio Alzheimer. Y cuando estaba en ese proceso de detectar qué pasaba con Jill, pues tuve que llevar a mi padre al neurólogo, porque me di cuenta que a él también se le iba la olla. Determinan que sus piernas están tan dañadas porque su sistema nervioso ha sufrido con tanto alcohol. Mi padre ya bebía a los catorce años. Comenzó a hacer pilates para no terminar tan rápido en una silla de ruedas. Y en este período empieza lo del western, hace unos cinco años.

¿Alguna relación con su vida emocional?

No, para nada. Un día llego a verlo a casal. Era mediodía y ya estaba con la televisión encendida justo en el canal trece. Venía igual un domingo, que venía a organizarle sus pastillas y estaba viendo la misa. Le digo, papá que haces viendo la “puñetera misa” y, me dice, “Estoy esperando que comience la película”. Pero, ¡cambia de canal, mientras tanto! le digo, pero me doy cuenta que él no sabía que había otros canales. Estaba así hacía desde unos 5 años atrás. Por eso veía la misma película hasta tres veces a la semana. Pero, ¿esa ya no la viste, papá? No, no, esa no la vi. Y me di cuenta de que hasta el mando de la tele estaba dañado, justo en el Canal Trece.

¡Adiós, John! Nos veremos por ahí, en la barra de El Corral, porque sigue vivo, transpirante, haciendo la memoria.

  Por Marianella Yanes Oliveros